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LA BALLENA BLANCA

*Samuel Parra

El Conde Drácula ya no viaja en barcos cargados de ataúdes. Hoy llega en vuelos de conexión directa, con traje planchado y portafolio de notario.  

No busca castillos góticos ni criptas húmedas: compra torres frente al mar. Sus colmillos no se hunden en la yugular, sino en escrituras de propiedad. 

En Mazatlán, su sombra se extiende con la forma de condominios y residenciales. No hay misterio: cada torre es un sarcófago vertical, con departamentos que se rentan por noches a forasteros, pero que permanecen cerrados para la gente de aquí. 

Pase a leer ‘Todo o nada es real’, Tamara Trottner – Punto MX

La ciudad se puebla de fantasmas turísticos que vienen a beber margaritas y desaparecen con el sol, mientras los habitantes de carne y hueso son desplazados hacia la periferia, como si fueran exiliados en su propio puerto. 

Allá en Londres, aquel vampiro compró cinco propiedades repartidas como una telaraña: Carfax, su refugio principal; una elegante residencia en Piccadilly; otra en Highgate, con olor a cementerio; una más en Brompton; y hasta una casa en Mile End, barrio popular y estratégico. Con eso le bastó para extender su sombra sobre toda Inglaterra. 

DRÁCULA

El Conde ya no busca criptas ni pasadizos secretos: compra condominios frente al Océano Pacífico, torres de lujo en Cerritos, residenciales en Marina, departamentos en Olas Altas, casas antiguas en el Centro Histórico que pronto se vuelven hostales para extranjeros. Sus colmillos no se clavan en la yugular, sino en el precio de la renta. 

Vlad sabe que la eternidad no se logra con la sangre, sino con el cemento. Que donde antes hubo casas con patio y vecinos que se saludaban desde la banqueta, hoy se levantan torres con lobbies en inglés. Que el malecón se ha vuelto un escaparate donde los locales solo caben como meseros, guardias o empleadas de limpieza. 

Como en la novela, Drácula expande su dominio comprando propiedades estratégicas. Cada escritura es una mordida, cada permiso de construcción un nuevo contagio. La ciudad real (la de los mercados con olor a camarón, las fondas, las calles de tierra donde crecen los niños) se encoge.  

La otra ciudad, la del turista, la de las rentas vacacionales, la de los condominios con vista al mar, crece como un monstruo de concreto que devora manglares, colapsa drenajes y roba el aire. 

DRÁCULA

Drácula es la crisis inmobiliaria

El fenómeno tiene nombre terrenal: crisis inmobiliaria. Una enfermedad que provoca fiebre de rentas imposibles, desalojos disfrazados de progreso y colonias enteras condenadas al olvido porque no son rentables.  

El agua ya no alcanza, el drenaje rebosa, los servicios se revientan con tanta torre, pero el Conde sonríe: a él no le preocupa el olor a aguas negras ni los apagones; en su mundo, la eternidad no tiene facturas de luz. 

Lo celebran con cintas inaugurales, lo aplauden en los discursos oficiales. Porque nadie quiere clavarle la estaca a la especulación: todos, en algún rincón secreto, sueñan con morder un pedazo de playa. 

Drácula lo entendió antes que nadie: la verdadera mordida no se siente en el cuello, sino en la renta, en la expulsión lenta de quienes construyeron la ciudad y ya no caben en ella. 

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