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No se raje, padre: Manuel Carrasco, 50 años de fe y entrega al pueblo
Entre cantos, abrazos y lágrimas contenidas, la Parroquia María del Mar celebra 50 años de ordenación sacerdotal del Manuel Carrasco Salazar
MAZATLÁN.- Con la mirada serena y el paso más pausado que aquel joven que llegó “por mientras” a Mazatlán, pero con el mismo espíritu de servicio intacto, el padre Carrasco Salazar celebró medio siglo de ministerio rodeado de su comunidad.
Lo acompañaron el Obispo de Mazatlán, Mario Espinoza Contreras, y José Antonio Fernández Hurtado, así como sacerdotes amigos provenientes de Durango y Mazatlán; familiares que viajaron desde Chicago, Durango y distintos puntos de México, y por supuesto, la feligresía que ha caminado con él durante décadas.
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Un coro de voces armoniosas acompañó la misa, en un templo que como recordaron se levantó ladrillo por ladrillo y piedra por piedra gracias a la fe y el amor del pueblo.

Nacido en 1949 en Santiago Papasquiaro, Durango, el Padre Manuel sintió el llamado al sacerdocio. Les dijo a sus padres que ingresaría al Seminario como una prueba de vocación.
Estudió en Durango, tuvo un paso por Escuinapa y llegó a Mazatlán temporalmente, pero aquí encontró su destino.
Como un regalo de Dios, fue ordenado cuando cursaba cuarto de Teología, en su propio pueblo natal, y aún siendo alumno comenzó a ejercer el ministerio sacerdotal.
Durante la celebración, tomó el micrófono para agradecer, y recordar a sus padres.
¡Qué sean 50 años más!
“Este ornamento es el que usé cuando me ordené sacerdote hace 50 años. Aunque digan que el alba-roquete ya no se usa, me la hizo mi amada madre”, expresó con la voz entrecortada.

Uno de los momentos más conmovedores llegó cuando el padre Antonio Guerra Bandilla, quien desde los ocho años llegó al templo como monaguillo y fue guiado por él hasta alcanzar el sacerdocio, le dedicó unas palabras.
“Padre, no se raje… que sean 50 años más. No se raje, como una vez me dijo usted”, compartió con emoción.
Entre aplausos, miradas agradecidas y silencios llenos de memoria, la comunidad celebró no solo una fecha, sino una vida entregada al servicio.
Cincuenta años después, el espíritu de aquel joven seminarista sigue intacto: firme en la fe y cercano a su pueblo.
