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A 30 años del trenazo, Mazatlán no olvida la tragedia
Treinta años después, Mazatlán aún escucha el eco de una tragedia que cambió la vida de decenas de familias
MAZATLÁN.- La vida de una ciudad suele medirse en años, pero también en recuerdos. Algunos son felices y otros permanecen marcados por el dolor. En Mazatlán, basta escuchar el silbato de una locomotora cruzando por la avenida Santa Rosa para que la memoria viaje de inmediato a aquella noche del 31 de mayo de 1996, cuando una tragedia cambió para siempre el destino de decenas de familias.
Han pasado 30 años, pero el llamado “trenazo” sigue siendo una herida abierta en la memoria colectiva de los mazatlecos.
Aquella noche, una unidad de la Alianza de Camiones, identificada con el número 1000 y perteneciente a la ruta Jabalíes, también conocida como Colosio, avanzaba con sobrecupo, música a alto volumen y exceso de velocidad. La imprudencia al volante terminó por convertirse en una de las tragedias más devastadoras que ha vivido el puerto.
Al intentar cruzar las vías del ferrocarril, el camión fue impactado por un tren de carga de 180 toneladas que circulaba entre 50 y 70 kilómetros por hora. La fuerza del golpe arrastró la unidad más de 200 metros. En apenas segundos, decenas de vidas quedaron marcadas para siempre.
De los 42 pasajeros que viajaban aquella noche, 33 perdieron la vida y 14 lograron sobrevivir. Los hospitales se saturaron. Las ambulancias iban y venían sin descanso. Y la cancha Germán Evers dejó de ser un espacio deportivo para convertirse en el sitio donde familiares acudían con la esperanza de encontrar respuestas y, muchas veces, con el temor de confirmar una pérdida.
‘Ese día cambió mi vida para siempre‘
Uno de los sobrevivientes es Manuel Alberto Meza Tirado, quien este año cumplirá 60 años. Tenía apenas 30 cuando salió de casa rumbo a su trabajo, convencido de que sería una jornada como cualquier otra.
“En ese momento, voy sentado en un camión lleno de personas, de repente se escuchan gritos, yo iba sentado, no tenía la dimensión que el tren estaba cerca, volteo y lo último que veo es una luz intensa, pierdo prácticamente el conocimiento, al abrir los ojos veo oscuridad, no ubico donde estoy, veo paramédicos, gente de seguridad, empieza una serie de preguntas, pero no sabía dónde estaba”, comenta Meza Tirado.
Tres décadas después, su mirada todavía se pierde al recordar lo ocurrido. Cuenta que el impacto abrió un enorme boquete en el costado izquierdo del camión, justo donde él viajaba. La fuerza lo lanzó entre 30 y 40 metros hasta caer sobre las piedras cercanas a las vías.
“Cuando vives una situación de esta naturaleza, vas armando rompecabezas cuando llegan las visitas y te dicen te salvaste de milagro, es difícil, uno no acepta, cuando estás al borde de la muerte empiezas a reaccionar; al principio, no pasaba por la avenida Santa Rosa, pero un día me tuve que preparar y confronté ese momento, hice una reflexión, perdí el miedo y la tomé como una ruta ordinaria, pero de que hay secuelas las hay”, expresó.
La tragedia que cambió las reglas
Para Carlos Ordóñez Sandoval, titular del Departamento Municipal de Educación Vial, aquel accidente dejó una lección que aún sigue vigente: el tren siempre tiene derecho de paso.
“Aquí hay que ser responsables. No nos gusta respetar lo que vienen siendo las reglas. Todo el mundo sabe que al llegar a un cruce tienes que hacer alto y mirar. Muchas veces no lo hacemos por la misma prisa o porque actuamos de manera automatizada; ni siquiera volteamos. ¿Y por qué? Porque tenemos esa mala costumbre”, destacó.
Explicó que la tragedia evidenció las consecuencias de ignorar las normas de tránsito y derivó en modificaciones importantes para reforzar la seguridad vial.
“Hace 30 años fue lo mismo en la parte de responsabilidad del conductor, que quiso ganarle el paso al tren cuando ya venía. Eso también lo señalaron algunos testigos que presenciaron el accidente”, apuntó.
Entre ellas, recordó que se endurecieron los requisitos para obtener una licencia de chofer de transporte público. El conductor involucrado en el accidente tenía entre 18 y 19 años, por lo que posteriormente se reformó la legislación para establecer los 21 años como edad mínima para tramitar este tipo de licencia.
La fotógrafa que llegó primero
Mientras el caos comenzaba a extenderse por la ciudad, otra historia se escribía detrás de una cámara. María Teresa Bonilla Gárate, fotógrafa de la sección policíaca de El Sol del Pacífico, era una de las pocas mujeres dedicadas a la cobertura de nota roja en aquellos años.
Recuerda que aquel día había transcurrido con normalidad. Por la noche visitó a una amiga en la colonia Lázaro Cárdenas. Cuando decidió regresar al periódico, todos la buscaban.
“Me gritaron: ‘Teresita, recibimos una llamada de un accidente, es un trenazo’, luego me subí a la camioneta, pasé por la 20 de Noviembre y había fiestas en toda la avenida sin saber ellos lo que había sucedido adelante, el chofer hizo diez minutos y al llegar fue impactante mirar cuerpos por toda la vía, había gente en pedazos”, relató.
Corrió hacia el lugar del accidente y se convirtió en una de las primeras periodistas en llegar. Su tarea era documentar lo que ocurría. Capturar imágenes. Contar la historia. Pero entre los gritos, el humo y la desesperación, escuchó una voz conocida.
“Fue fuerte el momento, pero te acostumbras, te haces a la idea que es tu trabajo, así se esté cayendo el mundo, yo me dediqué a tomar fotos antes de que me ganaran, fui la primera que llegué a las vías”, resaltó.
Era una mujer a quien había fotografiado apenas una semana antes. La llamaba por su nombre, pidiendo ayuda. Teresita recuerda que no pudo acercarse. Las instrucciones eran claras: no mover a ninguna persona lesionada.
Años después, esa escena continúa acompañándola. Aquella noche tampoco terminó cuando cerró la edición. El periódico ya estaba impreso cuando la magnitud de la tragedia obligó a elaborar una edición extraordinaria. La redacción entera trabajó contra reloj para informar a una ciudad que despertaría con unas de las noticias más dolorosa de su historia reciente.
La fiesta que nunca ocurrió
Para Eloy Ruiz Gastélum, actual delegado del C4 en Mazatlán, el trenazo también tiene nombre y apellido, tenía apenas 17 años y era socorrista de Cruz Roja.
Después de su jornada, planeaba reunirse con amigos para ir a bailar al entonces popular Mundo Bananas, en la Zona Dorada. Habían quedado de encontrarse con otro joven que nunca llegó.
“Tengo bien presente que llegó una Unidad de la Policía Municipal de aquel momento preguntando por nosotros, salió un compañero y rápidamente regresó corriendo y dijo en repetidas veces ‘nos tenemos que ir, nos tenemos que ir’, fue en el trayecto al lugar cuando nos enteramos del suceso”, recordó Ruiz Gastélum.
Horas más tarde descubrieron la razón. Su amigo viajaba en el camión accidentado. Con el dolor a cuestas, Ruiz Gastélum tuvo que seguir trabajando en las labores de auxilio. Sin embargo, nada lo preparó para lo que vería después en la cancha Germán Evers. Ahí llegaban los cuerpos de las víctimas. Ahí se realizaban las labores de identificación.
Ahí, entre lágrimas, abrazos y silencios, decenas de familias enfrentaban el momento más difícil de sus vidas.
Una ciudad que no olvida
Treinta años después, las vías siguen ahí. Los trenes continúan cruzando la ciudad. La vida siguió su curso para Mazatlán. Pero hay sonidos que nunca dejan de significar algo más.
Porque para quienes sobrevivieron, para quienes perdieron a un ser querido, para quienes auxiliaron entre los escombros o documentaron la tragedia detrás de una cámara, el trenazo no es solo una fecha en el calendario.
Es una historia que sigue viva en la memoria de una ciudad que aprendió, de la forma más dolorosa, que un instante de imprudencia puede cambiar decenas de vidas para siempre.
Hay tragedias que el tiempo no borra; solo nos enseñan el valor de cada regreso a casa.