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Sinaloa en femenino plural 

Desde la costa hasta la sierra, del camarón al mineral, de la madera al azúcar, ellas sostienen la palabra, Quinto Encuentro de escritoras sinaloenses, Sinaloa en femenino plural

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*Samuel Parra

MAZATLÁN.- Desde Altata, donde la bahía mezcla sal y manglar, las escritoras aprenden el silabario de las mareas: cada ola es un acento, cada estero un paréntesis, cada pez una palabra que relumbra y se escapa. Ahí el mar dicta en voz baja y ellas traducen, con la paciencia del mangle. 

En Mazatlán, el Pacífico golpea como un tambor antiguo y las escritoras escuchan en su oleaje una lengua inagotable. El faro es vigía de metáforas, las olas se vuelven un palimpsesto interminable, los callejones del Centro Histórico guardan voces coloniales que resurgen en cada cuento. Mazatlán escribe con espuma y puerto, con carnaval y nostalgia marinera. 

Surutato, entre pinos y noches que huelen a encino, las mujeres llevan cuadernos como brújulas. El frío de la sierra pule la metáfora; el mirador es una página en blanco antes del amanecer; la tinta, ese viento que baja con rumor de bosque. No escriben sobre la sierra: escriben con la sierra. 

Pase a leer Ámame hasta que me olvides  – Punto MX

La llanura, granero y horizonte, les enseña la sintaxis del riego: un surco, una línea; un valle, un párrafo; una cosecha, un libro. Donde otros ven hectáreas, ellas ven versos con raíces, tomates que son puntos rojos en la página, maíz que aprende a ponerse de pie. 

En los campos fértiles, la palabra se comporta como semilla: espera, germina, se vuelve sombra al mediodía y pan al anochecer. La literatura también riega: reparte agua a lo que todavía no sabe cómo llamarse. 

Los ingenios azucareros dejaron su máquina en el oído del estado: Eldorado golpea como un endecasílabo en marcha; Los Mochis respira al compás de su antigua molienda. Hay páginas escritas con bagazo y vapor, con historias que cruzaron mares en piezas y llegaron por Altata para armarse como una estrofa. Las mujeres lo recuerdan: el azúcar también fue sudor y traslado, yaquis y mayos, la primera zafra como inicio de un mito. 

El Chepe no es solo tren: es una línea que atraviesa páginas y barrancas. Sale de Los Mochis y trepa hacia Creel como si leyera en voz alta la Sierra Madre; cada túnel es un punto y seguido, cada puente una coma suspendida sobre el vacío. Quien sube, lee territorio. Quien escribe, aprende su acento. 

La Sierra de Tacuichamona custodia animales con nombres que parecen palabras olvidadas: margay, potoo, cactos amenazados. Esa reserva enseña otra lección: toda lengua es un ecosistema y toda extinción, una página arrancada. Por eso ellas escriben como quien protege. 

Quilá, sindicatura de tierra baja, prueba que la literatura también es cifra humilde: altura de 43 metros, casi seis mil habitantes, la aritmética mínima de una comunidad que cabe en un cuento y se desborda en una crónica. 

Altata, Mazatlán, Surutato, Quilá; costa, puerto, sierra, valle. El mapa se declina en femenino plural. 

Y si alguien pregunta por qué las voces de Sinaloa suenan, diremos esto: porque vienen de todos los rincones. Del rumor del Golfo que enseña a callar y escuchar. Del pino que afila el invierno y hace pensar. Del ferrocarril que parte el silencio. De la zafra que endulza y duele. Del Pacífico que late como un corazón abierto. De la llanura inmensa que obliga a elegir la palabra justa. 

Literatura en Sinaloa, con voz de mujer

La literatura en Sinaloa tiene voz de mujer. 

Lo repito para que el futuro lo entienda. 

La literatura en Sinaloa tiene voz de mujer. 

Porque nombra lo que sostiene: mar, sierra, llanura. 

La pesca camaronera de Escuinapa dicta un calendario propio: noches enteras de faena, amaneceres donde el mar se mide en redes y en cuentos del Güilo Mentiras. Las escritoras lo saben: narrar también es tirar la red y esperar que el lenguaje se sacuda como un camarón recién salido del agua. 

Bajo tierra yacen vetas mineras en El Rosario y memorias profundas. De ahí emergió la voz de Lola Beltrán, que cantó a México con un metal tan brillante como la plata de sus minas. La literatura de sus hijas lleva ese mismo fulgor: un canto hondo, un testimonio que resuena en plazas y páginas. 

Los talleres de carpintería atraen fama a Concordia, han dado muebles de madera resistente que viajan por todo el país. Las escritoras, como las manos de los ebanistas, pulen cada palabra hasta volverla duradera. Lo que se escribe en Mesillas no es efímero: es madera que sostiene casas, libros que resisten generaciones. 

La literatura en Sinaloa tiene voz de mujer. 

No es eco ni excepción: es certeza. 

Desde la costa hasta la sierra, del camarón al mineral,

de la madera al azúcar, ellas sostienen la palabra. 

Y quien quiera leer Sinaloa, tendrá que leerlas a ellas. 

*Samuel Parra

  • Escritor, Ensayista y Promotor Cultural. Ha publicado ocho libros. Sus obras han sido premiadas en La India, Colombia, Perú, Chile y Estados Unidos.  
  • En el 2022 fue nombrado Embajador Cultural por la municipalidad de Margarita Bolívar, en Colombia.  
  • Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Sinaloa, Master en Literatura Mexicana Contemporáneo por la Universidad Autónoma Metropolitana.  
  • Actualmente colabora con la Universidad de Tours, en Francia y la Universidad Humboldt de Berlín, en el área de investigación académico-literaria.  
  • Forma parte del Sistema Nacional de Salas de Lectura, donde genera proyectos comunitarios para el esparcimiento de este hábito.  
  • En Tiktok, Instagram y Facebook pueden seguirlo como «Nono El Cerdito Lector», donde recomienda libros y autores, a través de un peluche que colabora con el Fondo de Cultura Económica, Brigadas para Leer en Libertad, Buscalibre.com y Librería Gandhi.  
  • Su obra literaria se concentra en los géneros de novela negra, realismo sucio, crónica y entrevista.  

Y mientras redacta estas líneas de texto, en la intimidad que ofrece una cocina económica que atiende, el autor se «esmera» en escribir cuentos para jóvenes prófugos del ácido fólico.  

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