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CONCORDIA

El camino de las cruces...

Francisco Ramírez
Por , Punto MX
El camino de las cruces...
CONCORDIA.- Nunca pensé encontrar en tan poca distancia tanto muerto a balazos. Íbamos buscando la pequeña capilla donde honrarían la memoria de tres maestros asesinados a balazos.

“¡Ésa no!, está 200 metros más adelante”, dice un par de chavos que viajaban en una motocicleta. Estábamos en un cenotafio enclavado en la roca, pintado de blanco y en el centro, unas imágenes de San Juditas, la Virgen María y la Virgen de Guadalupe adornadas con algunas flores. Y al frente, como telón, dos cortinas blancas y rojas, cercados con una valla de fierro.

Desde que dimos vuelta para tomar la carretera que nos lleva a La Petaca, desde la comunidad de Potrerillos, dice el letrero que son 9 kilómetros, a los pocos metros ya había empezado a contar como tres cenotafios o cruces a un lado de la carretera. Llegar a este cenotafio elaborado en la roca para seguir el rumbo por la carretera. Toparnos con otros más, tres cruces seguidas, diferentes fechas y metros más adelante, un cenotafio cerrado.


Seguir la ruta para ver otras cruces hasta llegar a la capillita que fue bendecida este día 15, Día del Maestro, como un homenaje a los tres maestros que impartían clases en El Cuatantal y que cuando regresaban de dar clases, el 4 de mayo del año pasado, allí fueron emboscados.

“¡Allá adelante hay muchos más!”, expresa un niño que acaba de llegar al homenaje a los maestros, tal vez de la comunidad del Cuatantal, mientras le tomo una fotografía a un señalamiento vial que se encuentra balaceado y al pie de él, una cruz de madera con un nombre.

Seguir la ruta a La Petaca, nos lleva a otros cenotafios, como un par de color verde que se localizan sobre un cerrito, en una curva. En su interior unas imágenes de San Judas Tadeo.


Llegar al Chirimoyo de La Petaca y toparnos con tres cruces seguiditas… Ya había perdido la cuenta de cuantas iban.

Una señora me cuenta cuando me ve con la cámara, “¿sabe usted cuándo pasaba?, era en las noches, cuando llegaban, tocaban a la puerta y el hombre salía y se lo llevaban… unas veces regresaban, otras veces sólo escuchábamos los sonidos secos, sabíamos que nos lo habían matado”.

Aquí no caben nombres, porque el dolor está a flor de piel.